viernes, 13 de junio de 2014

Que tinguem sort

Tenía esto tan olvidado que hasta hace apenas una semana ni recordaba que alguna vez escribí aquí. Al volver a leer mis entradas me he dado cuenta que el motivo por el que empecé este blog ya no existe. La profunda soledad que sentía y la necesidad de compartir mis pensamientos con alguien (aunque fuera una pantalla de ordenador), ya ha pasado a formar parte de otra vida, a la que no espero volver. Y aunque le tenga un cariño infinito por todo el bien que me hizo, me siento en la necesidad de dejarlo aquí.

Con este blog se acaba una de mis vidas y empieza otra, que coincide en el tiempo con la fecha de mi último post. Nuevos proyectos me llaman, nuevas gentes y ganas de seguir haciendo camino hacia mi Itaca personal, esperando tardar mucho en llegar.






viernes, 4 de enero de 2013

Y ahora qué?

Llevo más de seis meses sin escribir una línea aquí. Por supuesto hay un motivo, pero no es el momento todavía de hablar de ello.
En breve retomaré este espacio con nuevas ideas, nuevos retos y, en definitiva, una nueva vida que reflejar en palabras.
El objetivo es convertir los suspiros en algo menos etéreo. Es un objetivo ambicioso.
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martes, 12 de junio de 2012

El inquietante círculo rojo

 

Procastineando en Facebook, saltando de un lado a otro he llegado a una foto que ha captado mi atención instantáneamente.
Ese círculo rojo, de algún tipo de esmalte, me ha traído a la memoria un recuerdo profundamente triste. Lo más curioso de todo es que he sentido angustia y tristeza al verlo, pero no he sido capaz de recuperar el recuerdo original que me provoca esas sensaciones. Lo vislumbro entre brumas: es una casa sombría, hay esmaltes rojos, un olor característico para mí pero difícilmente definible y esa tristeza infinita que todo lo invade. Calculo que debe hacer al menos 30 años de ese recuerdo escondido que se niega a salir a la superfície. Voy a dejar de intentar recuperar y a intentar separar mi vista de ese inquietante círculo rojo...
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miércoles, 6 de junio de 2012

Hubo un tiempo en el que creía en dragones...

Hubo un tiempo en el que creía en dragones. Entonces era todo más fácil. Tengo un cansino sentido de la justicia, pero con minúscula, de la que Richard Gere habla en "Las dos caras de la verdad":

"El primer día en la facultad de Derecho, el profesor nos dijo dos cosas: de hoy en adelante cuándo sus madres les digan que les quieren pidan una segunda opinión. Y si desean justicia, vayan a un burdel pero, eso sí: si quieren que les jodan, vayan a los tribunales".

Quizá para eliminar posibles disquisiciones morales, en vez de justicia debería hablar de equilibrio. Me gusta... necesito pensar que todo tiende a equilibrarse con el tiempo, que si alguien hace algo malo, tarde o temprano acaba pagando por ello y que las buenas acciones no quedan sin recompensa. Todo eso era muy fácil cuándo creía en dragones... Porque hacía que el tiempo fuera infinito para cada uno de nosotros. Para pagar y para recibir. Sólo era cuestión de tiempo pero el equilibrio llegaba, perfecto, absoluto.

Y entonces, un buen día, dejé de creer en dragones. Y el tiempo se hizo breve, limitado. No había posibilidad de redención ni de castigo. Había que vivir con las cartas que te había tocado y aceptar el hecho de que el equilibrio era un utopía irrealizable. Mi mundo se volvió considerablemente más hostil, inestable e impredecible...

Así que decidí simplificar las cosas: desde entonces evito en la medida de lo posible leer libros o ver películas cuyo argumento incluya esos desequilibrios que tanto me alteran. La realidad ya es suficientemente inestable como para adornarla con ficción violenta, dramática o, sencillamente, triste.

Y aunque pueda parecer una postura naïf, es sólo cuestión de supervivencia...
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viernes, 25 de mayo de 2012

Necedades y cambio


Tenemos la sensación de que las cosas son cómo son y lo serán así siempre. A pesar de ser conscientes de que el cambio existe, no acostumbramos a interiorizarlo y a integrarlo en nuestras vidas.
Cuándo miramos hacia adelante, siempre lo hacemos manteniendo nuestra vida cómo está con pequeños cambios previsibles y, sobretodo, controlados:  una semana (o quincena, o mes) de vacaciones que rompa la rutina, un cambio en el mobiliario de casa, un nuevo curso (hobby, libro) que suponga un reajuste de horarios.

Y así vivimos sin sobresaltos, pasando un día tras otro en una estructura férreamente controlada de rutina más o menos cómoda. Supongo que eso nos da seguridad y nos permite un cierto grado de control. O una ilusión de que controlamos las cosas…

Pero la vida te puede cambiar en un minuto. O en un segundo. En un instante y cuándo menos te lo esperas, todo aquello que dabas por sentado puede adquirir un nuevo matiz, una nueva dimensión. Puede volverse brillante cómo la explosión de una supernova, o oscura y profundamente triste. No importa lo seguro que estés de la estabilidad de lo que te rodea. El material más duro puede romperse si se utiliza la frecuencia adecuada.

Vivir con esa incertidumbre no es fácil. Hay que asumir que el cambio forma parte de nuestras vidas y que pretender estabilidad eterna es de necios… Pero cuán necios podemos llegar a ser a veces!
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lunes, 19 de marzo de 2012

Recuerdos furtivos


Actualmente sólo sigo dos series americanas “on time”, es decir, más o menos al tiempo que se emiten en USA: “How I meet you mother” y “TheBig Bang Theory”.Este post va sobre la primera, y además inclye un spoiler del capítulo 17 de la 5ª temporada: si eres un ferviente seguidor y aún no lo has visto, deja de leer inmediatamente o atente a las circunstancias. Ya sé que podría haber esperado un poco a escribirlo, cuándo el capítulo llevara un par de meses emitido… Pero es ahora cuándo me apetece escribir sobre ello, y hay que aprovechar la visita de las esquivas musas.

Por poner en antecedentes a los que no siguen la serie: un joven arquitecto (Ted) se enamora de una joven y bella locutora de TV (Robin). Salen un par de años y lo dejan porque sus visiones de la vida son muy dispares. Siguen siendo amigos y comparten apartamento durante cinco años más. En el capítulo 17 de la 5ª temporada, Robin corta con su novio actual y Ted decide que la sigue queriendo y le pide que vuelvan… Robin duda, lo piensa y al final le dice claramente que no le quiere (al menos no cómo debiera). Un amigo común (Marshall) le pide a Robin que se mude de apartamento por el bien de Ted; mientras viva con él, seguirá pendiente de ella.

Después de eso, se ve una escena del capítulo con música (triste) de fondo, en la que Ted está en la azotea del edificio (es de noche), pensando en todas los momentos que han pasado juntos… Mientras Robin empaqueta sus cosas en la habitación. La escena acaba con Ted mirando cómo ella sale por la puerta del apartamento con sus cosas.

Dicen que estamos protegidos contra el dolor físico, de forma que no podemos recordarlo. Por mucho que algo te haya dolido (la rotura de un hueso, un parto, una piedra en el riñón), una vez ha dejado de dolerte ya no eres capaz de recordar la sensación exacta. Recuerdas que fue muy intensa, pero no el dolor en sí. Pues bien, no sucede lo mismo con el dolor emocional. Ese se puede recordar y volver a sentir en el momento más inesperado. Eso fue lo que me pasó a mí al ver cómo la puerta se cerraba tras Robin. Desconozco qué mecanismo me pudo llevar a ese punto, pero volví a sentir ese dolor profundo en el pecho que sientes cuándo alguien al que amas con locura se va de tu vida. Volvieron a mi memoria esos momentos en los que me rompieron el corazón (pocos, ciertamente, pero muy intensos) y volví a sentirme profundamente sola. La desesperación volvió metálica mi saliva y un nudo en el estómago hizo que me costara respirar.

Sentí de nuevo, en todo su esplendor, esa sensación de que todo tu mundo se desmorona bajo tus pies y no hay nada a lo que puedas cogerte para evitar la caída en un pozo sin fin. Ese intento desesperado de que esa espalda que se aleja se dé la vuelta y sea todo un malentendido…

No duró demasiado, afortunadamente, pero me atacó a traición. Desconozco el motivo, y eso no me gusta. Saber el porqué ocurren las cosas ayuda mucho a que se puedas repetirlas o evitar que ocurran de nuevo. Y no quiero volver a sentirme así. Ni aunque sólo sea por el recuerdo furtivo de alguien que está ya muy lejos de mi vida. ¿Cuántas noches hacen falta?
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martes, 14 de febrero de 2012

Madalenas y tiempos perdidos

Llevo una temporada con la sensación de estar en la cresta de la ola… Esa extraña sensación en el estómago de que el tiempo pasa muy rápido y tú vas subiendo y en cualquier momento empezará la bajada. Por supuesto, tengo clarísimo que es algo puramente circunstancial y ligado al parón en la UOC. Eso hace que tenga más tiempo libre y se me ocurren mil ideas para ocuparlo. La consecuencia directa es que no sólo dejo de tener tiempo libre, sino que voy mucho más estresada que cuándo “sólo” tengo que estudiar y hacer trabajos…


El parón de este semestre me ha permitido descubrir el fascinante mundo de las madalenas, de las que dejo una muestra.  El problema de hacer madalenas e ir experimentando con las diferentes recetas (tengo que confesar que he acabado, cómo no podía ser de otra forma, haciendo un excel: es mucho más fácil trabajar con % relativos de ingredientes respecto a la harina, que ir haciendo pruebas maguferas a ver si suena la flauta), es que en casa me han prohibido que las haga en una temporada. Y en casa de mi madre también… Al parecer, tanta madalena ha tenido un efecto inmediato en el peso de los usuarios y ahora se me quejan .
Cómo no podía bajar del carro (eso debe ser lo que sienten los adictos a la fama), las he acabado haciendo para los compañeros del trabajo, o para las partidas de rol con amigos. Pero esto tiene que parar, claramente. En un par de semanas empieza el nuevo semestre y no voy a poder seguir dedicándome a estos menesteres culinarios.

El otro día me preguntaba una amiga: “Y no puedes, sencillamente, descansar hasta el comienzo del nuevo curso?”. Ja! De eso nada… Si paras, luego te cuesta un montón arrancar. Además, arrancar y parar es de pobres.

Así que esta tarde le prepararé una hornada de madalenas sin canela a mi hermana, que está enferma en casa con anginas y me las ha pedido. Y sí, es ciertísimo que me las ha pedido ella… aunque quizá yo le haya sugerido que le irían bien para pasar el mal trago.

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lunes, 16 de enero de 2012

Diario de Victorias

Hace un tiempo escribí una serie de entradas en otro foro respecto a los logros que iba consiguiendo mi hija. Con la intención de que no se pierdan, no por su valor literario sinó por lo que para mí representan, he decidido juntarlas todas aquí. Están escritas entre septiembre de 2009 y abril de 2010, seis meses que fueron muy significativos en su evolución.

Un paso más
Mi hija ya come alimentos sólidos. Sentada a su lado en la mesa de la cocina, frente a un plato de diminutos trozos de pan de molde regados con Nocilla (le encanta el chocolate) veo como los mira, selecciona y coge uno de ellos con los dedos.

Se lo lleva a los labios y, en vez de chuperretearlo, se lo introduce en la boca. La miro mientras descubre lo que es masticar (ella vino sin ningún extra de serie; hay que írselos poniendo uno a uno con paciencia infinita). Abre y cierra la boca, tremendamente concentrada en su trozo de pan con chocolate... Hasta que veo que abre mucho los ojos y descubro que se lo está tragando... Noto su extrañeza ante el paso de la comida y compruebo encantada que no lo devuelve como siempre había hecho. Estoy tan contenta que me acerco y le doy un beso. Ella está demasiado pendiente del chocolate, así que me aparta con un brazo mientras elige el próximo trozo que atacar. Han sido meses de duro trabajo preparándola a ella y buscando combinaciones de alimentos y texturas para llegar a este momento.

Apenas un paso infinitesimal para la Humanidad... pero un paso de gigante para Sara.

Canción de cuna
Mi hija lleva unos días muy irritable. Sospecho que le tiene que doler algo, porque arrastra una tos fea desde hace semanas y los jarabes no le hacen nada. El caso es que está cansada e irascible buena parte del tiempo...Ayer, cuándo acabó su sesión de terapia habitual, tenía un aspecto especialmente cansado. Parecía un animalillo enfermo; le faltaba energía. Vino a buscarme, me dio la mano y me llevó hasta su habitación. Normalmente, en ese punto, la dejo allí y me alejo; no quiere compañía cuándo está en su guarida. Pero ayer fue diferente. La vi tan indefensa que no pude irme. Ella se sentó en la camita, apoyada contra la pared, y se quedó quieta, sin ni siquiera ir a buscar alguno de sus juguetes. Me acerqué a ella y la tapé con su manta preferida. Sonrió y siguió quieta, mirando hacia su regazo...Así que decidí arriesgarme y me senté a su lado. Le empecé a decir cosas bonitas, esas cosas que dicen las madres a sus bebés, mientras le acariciaba sus preciosos rizos. Incluso me lancé a darle un par de besos...En ningún momento me rechazo, ni siquiera se alejó de mí como en otras ocasiones. Estuvimos allí un rato, solas, el tiempo se paró y, por fin, después de años, pude acunar a mi hija.

Miradas
Ayer mi hija me tomó de la mano y me sentó a su lado en el sofá. Tras unos instantes de jugar con un pequeño piano se giró hacia mí y me miró. Me miró y me vio. Por primera vez en casi cuatro años.

La vida puede ser maravillosa.
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martes, 10 de enero de 2012

Mi encierro

Víspera del día de Reyes a las 15:30 de la tarde. Mi horario laboral a punto de acabar y la oficina prácticamente vacía ya que ese día todo el mundo trabaja hasta las 15:00.

Decido ir al servicio justo antes de empezar a recoger mis trastos e irme para casa; he quedado con mi marido, los niños, mi madre y mi hermana para ir todos a la Cabalgata de Reyes que empieza a las 17:00 (lo sé, lo sé… planazo!!!).

Al ir a salir del cubículo al que llaman lavabo en mi oficina, descubro con horror que el pomo se ha bloqueado y que no puedo abrir la puerta. En la zona del edificio en la que trabajo, utilizamos ese baño tres mujeres: una está de vacaciones, la otra salía justo cuándo yo entraba y la que falta está encerrada en 0,96m2. El número no es baladí: tras los golpes y gritos de rigor para intentar que alguien se diera cuenta de que me había quedado encerrada, me dediqué a calcular las dimensiones de mi encierro: 1,2m de largo por 0,8m de ancho por 2,6m de alto. Un lujo, oyes…

La primera media hora transcurrió entre la sorpresa de la situación, los intentos de que “me se oyera”, y cálculos varios: además de los directos resultantes de multiplicar el número de baldosas por su longitud, hice varias aproximaciones para estimar lo que ocupaba el escaso mobiliario (un inodoro y una papelera higiénica femenina). De ello deduje que el espacio “libre” para pasear se reducía a 0,7 m2.

La segunda media hora me dí cuenta de que los golpes rítmicos podían inducir a error y hacer creer a un posible rescatador que se trataba de alguien haciendo obras. Procedí pues a dar golpes siguiendo melodías más elaboradas que acabaron con un “Para Elisa” bastante decente.

La escasez de resultados provocó tal desánimo en mí que, acomodándome entre la pared y los hierros del inodoro me quedé dormida… Aunque fueron apenas 15 minutos, me desperté con fuerzas renovadas! Ello me hizo darme cuenta de que las circunstancias no eran extremas: acababa de comer, disponía de un inodoro y de agua… aunque la falta de cisterna podía ser un poco desagradable si la sed me acosaba.

Decidí inspeccionar de nuevo mi celda y pensé en el techo técnico. Subiéndome al inodoro, presioné los trozos de techo hacia arriba de forma que uno de ellos se descolgó ligeramente hacia abajo: cayó así hacia mí una cantidad considerable de polvo que no me impidió ver la negrura del espacio superior. Consideré la posibilidad de que hubiera habitantes en aquel espacio y procedí a dejarlo como estaba: estar sola era malo, pero compartir aquel reducido lugar con una rata era bastante peor…

Para activar mi musculatura, un poco acartonada, decidí hacer flexiones en diagonal, ya que no daba más de sí el espacio disponible: descubrí que en esa posición puedo multiplicar por cinco el número de flexiones respecto a hacerlas en posición horizontal.

Habían pasado ya dos horas, y a pesar de mis gritos cada vez que oía algún ruido, nadie parecía darse cuenta de que estaba encerrada… Hasta que oí ruidos en el baño de hombres, contiguo al mío. Para mi alegría, esa vez mis imprecaciones llegaron a buen puerto, y un amable compañero que a las 17:30 seguía trabajando, llamó a Seguridad.

A partir de ahí todo fue muy confuso: la segurata no pudo abrir la puerta y llamó a Mantenimiento. El operario intentó forzar el pomo sin romper la puerta y parece que no fue posible así que me dijeron que me apartase que tiraban la puerta abajo…

En menos de 1m2, la idea de apartarse es poco menos que una utopía, así que me encaramé al inodoro para que al menos este parara el golpazo inicial… Y al fin ví de nuevo la luz del día y fui libre!!!!

lunes, 26 de diciembre de 2011

La primera puerta al final de la escalera

Ayer volví a soñar con ella. En medio de un sueño absurdo, como lo son la mayoría, estaba aquella puerta de cristal y hierro antiguo. Y el recibidor inmenso y frío, vacio de muebles pero lleno de humedades y silencio. Al final de aquel lúgrubre espacio, una escalera en espiral que ascendía hacia los pisos superiores, al lado de un ascensor diseñado en una época en la que la gente debía de pasar mucha hambre: pretender que entraran allí cuatro personas y que corriera el aire entre ellas era una utopía.

Al final del primer tramo de escaleras, una puerta. Alta y recia, de madera maciza. Detrás de ella, mi casa durante doce largos años, desde mi última infancia con ocho años, hasta mi primera "adultez" con veinte. Años muy intensos y principalmente oscuros. Las casualidades de la vida hicieron que volviera a vivir en ella, ya sola e independiente, desde los veintitres años hasta los veintiocho. Años de nuevo muy intensos y llenos de matices, colores y sombras. No los cambiaría (esos últimos cinco), por nada del mundo... Tú sabes a qué me refiero.

Después de tantos años de haber cerrado por última vez aquella puerta de madera, sigo soñando con ella. En absolutamente todos los sueños en los que estoy en casa, es "esa" casa. No importa las casas en las que viví después, la casa en la que ahora vivo desde hace 10 años... Mi casa es aquel primer piso, primera puerta de la calle Travesera de Gracia, nº 66 en el Eixample barcelonés.

Unos pocos sueños me dejan un regusto agradable, la mayoría son tristes y sombríos cómo sus largos y altos pasillos de luz tenue. Pero de vez en cuándo, hay algún sueño aterrador. Son sueños imposibles, de terrores profundos. Puertas que no están dónde debieran, ni actúan cómo debieran... Presencias apenas intuidas a las que sin embargo identificamos con el mal absoluto. Y esa voz que quiere escapar de tu garganta en un grito desesperado que nadie oye, ni siquiera tú mismo.

Han pasado muchos años, y sigue sin irse. Aguanta ahí, en mi subconsciente, para recordarme de dónde vengo, ¡cómo si pudiera olvidarlo!
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viernes, 23 de diciembre de 2011

Han vuelto de nuevo...



Pues parece que han vuelto de nuevo. No importa lo bien que te portes durante todo el año, que por estas fechas vuelven a hacer acto de presencia y vuelvo a quedarme con cara de tonta. Bueno, mi cara está en el TL que va desde "tonta" a "que se pare el tren que me yo me bajo".

Y lo mejor de todo es que no tengo una razón objetiva para que las Navidades me sienten mal. No hay nadie a quién eche de menos especialmente en estas fechas: yo soy más de echar de menos cada día, así el dolor se reparte un poquito más y te acostumbras y parece que duele menos.

Por supuesto en mi día a día intento disimular, no sea que la gente me vea como un "emo" snob al que le gusta llamar la atención precisamente en esta época. Yo soy más de llamar la atención siempre que puedo: si entro en una sala y no me mira nadie, entonces sí que tengo un problema... Y de "emo" también tengo poco, así que nadie se espere de mí lamentaciones y lloros por lo indigestas que me resultan estas fechas. Protesto, sí, pero con dignidad contenida y en entornos íntimos.

Lo cierto es que si tuviese que elegir unas Navidades perfectas, tendrían mucho más que ver con playas paradisíacas, calor y sexo que con nieve, frío y villancicos... Pero ya se sabe que la familia lleva muy mal lo de renunciar al super-glue de finales de año y no estar todos juntos y revueltos.

Repetiré pues la liturgia anual de poner buena cara a la galería. Quizá haga alguna locura secreta (tengo algunas ideas), iré mucho al gimnasio (cansarse mucho acostumbra a implicar lobotomía temporal) y me inflaré a polvorones para compensar (he dicho alguna vez que son mi debilidad?). Y ya si eso a la vuelta, escribiré algo profundo para reconciliarme conmigo misma.

Pero no esperen mucho de mí a partir de mañana. Cómo diría Vicky, voy a ser rubia (platino) durante dos semanas enteras.
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martes, 6 de diciembre de 2011

Comedias románticas con final ¿infeliz?


Llevo unas semanas en un proceso de reconstrucción que pasa, entre otras cosas, por visionar el mayor número de comedias románticas actuales. Entiéndase cómo tal películas ligeras, con algún toque de humor y en las que el mayor drama que pueda existir sea que la protagonista no encuentra su vestido favorito para ir a una cena. Y conste que aunque entiendo que para ella pueda ser muy traumático, en este caso no hago el esfuerzo de empatizar con el dolor ajeno.

El caso es que en mi cinemateca de comedias románticas hay una galería de clásicos increíbles, divertidos y que no me canso de ver. Películas que revisiono con placer y sin plantearme en modo alguno si las actitudes de hombres y mujeres me resultan “ofensivas”, absurdas o ridículas. Aquí una muestra de a lo que me refiero

Ahora bien, han pasado 60 años y la liberación femenina no ha parado de avanzar desde entonces. Y aunque queda mucho por hacer, una piensa que en algunos campos se ha avanzado suficiente cómo para superar clichés como el que sugiere la película antes mostrada: que la máxima aspiración de una mujer es encontrar un hombre que la rescate. Un caballero andante que acabe con todo el sufrimiento que supone estar sola, ya que una mujer en esas circunstancias es una mujer incompleta.

Y es en ese instante cuándo viendo las más recientes comedias románticas, te das cuenta que nada ha cambiado. Bueno, eso no es cierto del todo… Ha cambiado la forma, no el contenido. Las protagonistas de las nuevas comedias son mujeres ambiciosas, profesionales agresivas, señoras con las ideas muy claras y que en absoluto van a someterse a ningún “ritual” choricero en el que un hombre pase a ser su amo y señor… Hasta que encuentran a uno que hace que las gomas de su ropa interior se deshagan y entonces podemos borrar la práctica totalidad del metraje anterior, enchufarle el de “Pijama para dos”, y el final encaja perfectamente: una mujer radiante porque acaban de pedirla en matrimonio y su vida, ¡por fin! cobra sentido.

No paro de darle vueltas al motivo por el que se siguen perpetuando esos esquemas en las películas; más o menos agazapados y subvertidos, pero siguen allí. La única explicación es que SIGUEN VENDIENDO… y eso significa que la mayoría los compra. Mucha liberación y lo que sigue atrayendo a las mujeres es una historia en la que la protagonista acabe felizmente casada/aparejada. Algo estamos haciendo mal…
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domingo, 4 de diciembre de 2011

El dolor ajeno


Era una tarde de finales de otoño. Yo acababa de aparcar mi coche y me dirigía a un cajero automático a sacar dinero. No recuerdo para qué… Han pasado cinco años de aquella tarde. Hacía menos de un mes me habían dado una malísima noticia de la que aún estaba recuperándome. De la que aún no me he recuperado. Iba pensando en ello cuándo sonó mi teléfono.

Era una amiga que llamaba para explicarme que los análisis de sangre de su segundo trimestre de embarazo le habían salido un poco mal y tenía el azúcar alto. Eso significaba que, al igual que me había pasado a mí en mis dos últimos embarazos, tendría que hacer régimen durante los meses que le faltaban hasta el parto. Mientras me lo explicaba, le temblaba la voz y apenas podía contener las lágrimas.
Yo no entendía lo que me estaba contando. No podía creer que estuviera haciendo un drama de pasar cuatro meses a régimen, y menos que me llamara a mí para escenificarlo habida cuenta de por lo que yo estaba pasando. Algo así del estilo del chiste: “Qué mala racha llevamos, yo pierdo el boli, a tí se te muere tu padre…”.
Recuerdo haber balbuceado algunas palabras de consuelo y excusas para acabar rápido aquella conversación. Me quemaba el teléfono y mi indignación hacia ella me ahogaba.

Aunque en un primer momento mi enfado superó cualquier capacidad de análisis, con el tiempo volví a aquella conversación en un intento de comprender lo que había ocurrido. He pensado mucho desde entonces en aquello que nos hace infelices y nos lleva a desesperarnos. Y he llegado a la conclusión que no hay un valor absoluto para el sufrimiento. No se mide en unidades físicas cuantificables y comparables. No se puede decir: “mi desesperación es de 4 frustradios y la tuya de 9, por lo tanto mejor me callo que bastante tienes tú con lo tuyo”.

No, no funciona así. Cuándo te ocurre algo malo, esté en el lugar de la escala que esté, tu sufrimiento puede ser de una intensidad que no esté en absoluto correlada con la causa de tus desgracias. No tener tiempo para ir a la peluquería a tapar tus incipientes canas, por ejemplo, puede ser algo que te angustie sobremanera y que te desespere hasta el extremo de hacerte saltar las lágrimas. Si en ese momento justo te informan que te van a despedir, probablemente el sufrimiento que antes dedicabas a tus canas lo traslades al hecho que te van a despedir, y lo de la peluquería te parezca la chorrada más grande del mundo. Y así ad infinitum

Eso me ha hecho darme cuenta de muchas cosas: una de ellas, que no puedes consolar a nadie diciéndole que la causa de sus problemas es una tontería comparada con lo que podría pasarle (ese es un argumento que mi madre utiliza constantemente a pesar de mis esfuerzos por demostrarle su inutilidad). Otra que no puedes menospreciar el dolor ajeno… aunque su causa sea una chorrada inmensa. Al fin y al cabo, su sufrimiento es real.

Y lo más importante que me ha enseñado es que no es razonable racionalizar el sufrimiento ajeno. Hay que empatizar con él sin buscarle más explicación. El consuelo viene de acompañar a alguien en su duelo, sea este originado por la causa que sea. Y la única forma de que esa compañía sea efectiva es si es irracional y sale del corazón, no del cerebro. Ese mismo cerebro que me hizo indignarme con mi amiga hace ahora cinco años.
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viernes, 25 de noviembre de 2011

Los monstruos del armario

Tenía unos 10 años cuándo salí del internado y me fui a vivir con mi madre y su pareja (que con el tiempo me adoptaría y se convertiría en mi padre).

Vivían en un piso grande en términos absolutos y enorme en términos relativos de la zona alta de Barcelona. El piso tenía una parte delantera que daba a la calle y dónde se recibía a las visitas, amplia y llena de luz… y una parte trasera oscura y sombría. Era en esa zona, al final del tunel, dónde estaba mi habitación.

La habitación era amplia, con una ventana que daba al patio interior. Cómo era un primero, la luz que entraba daba para pocas alegrías, así que casi siempre era necesario tirar de luz eléctrica. Tenía también un armario empotrado, no muy grande, que era causa de mis desvelos.

Recuerdo el largo camino hacia mi habitación: mientras iba desde el salón hacia aquel rincón sombrío hacía y rehacía trozos de pasillo para encender luces y luego volver atrás a apagarlas cuándo ya tenía encendido el siguiente tramo. Hasta que llegaba a mi habitación, encendía la luz y cerraba la puerta para impedir que siguiera entrando aquella soledad que me encogía.

Se me presentaba entonces otro problema: el armario. En mi imaginación, aquell gruta cavada en la pared se convertía en la posible guarida de terribles monstruos deseosos de carne humana. Los imaginaba agazapados esperando a que me durmiera para abrir la puerta y atacar por sorpresa con aquellos interminables y aguzadísimos colmillos.

La única esperanza que veía (vana, pero era una cría) consistía en dejar la puerta del armario abierta. Así podía verlos venir con tiempo suficiente para salir huyendo por la puerta… Nunca jamás dejaba la puerta del armario cerrada cuándo me iba a dormir. Recuerdo que mi madre se desesperaba cada vez que aparecía en mi habitación y encontraba la puerta abierta. Me reprendría y la cerraba… Y duraba así lo que tardaba ella en salir de mi habitación.

Nunca le dije el motivo por el cual la dejaba abierta. Siempre he sido muy obediente así que aceptaba el rapapolvo y no protestaba. Y seguía en mis trece.

No recuerdo la última vez que dormí con la puerta del armario abierta. Con los años, murió mi abuelo y mi abuela se vino a vivir a casa, así que tuve que compartir habitación con mi hermana. Para entonces ya tenía 19 años y ella 7; al contrario que a mí, le asustaba dejar la puerta abierta. Con 19 años, los monstruos que te asustan no son los que salen del armario, así que puedo afirmar sin temor a equivocarme que a los 19 años ya había dejado de abrir la puerta cada noche.

Cuándo pienso en ello, creo que es mucho más acertado abrir la puerta a tus miedos que dejarlos encerrados sin verlos. Lo cierto es que la edad no me ha dado toda la sabiduría que me hubiera gustado; aunque a algunos miedos los miro de cara, a otros los sigo encerrando en compartimentos estancos confiando en que sólo por no verlos van a dejar de existir.

Cómo dejaron de existir mis monstruos del armario.
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miércoles, 9 de noviembre de 2011

Oscuridad

Mirando el nuevo look de mi blog me doy cuenta que ahora es mucho más oscuro. Supongo que nuestras preferencias se van moldeando según nuestro estado de ánimo nos manda y ahora toca oscuridad.
No me gustaría que se malinterpretara esas tinieblas: no están relacionadas con ánimos lúgubres y depresivos. Es cierto que sigo empanada como viene siendo habitual y que no veo el final del túnel porque dónde realmente estoy es en un pozo (he visto ese chiste en FB y me ha hecho mucha gracia)... Pero lo cierto es que estoy muy a gustito en este pozo. Finalmente me he dado cuenta que, si la cosa va para largo, es mucho más inteligente dejar de quejarte e intentar encontrar la parte buena de la situación.
Le he puesto luces (unas pocas, en este sitio cuesta encontrarlas), algo de ambientador y un cómodo sofá en el que dejar pasar las horas mientras llega el momento de dar el golpe de timón.
Y no se está mal. Oscuro pero acogedor.
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lunes, 7 de noviembre de 2011

Sólo tú todo lo puedes...

Hay gente a la que queremos por encima de todas las cosas. No importa las tonterías, estupideces o actos absurdos y dañinos que puedan llegar a hacer. Hay algo en ellas que nos subyuga, hipnotiza o, directamente nos atonta, creando una relación de dependencia difícil de romper.

Yo misma conozco a alguien que lleva años comportándose como un gilipollas. Veo lo que hace y cada vez pienso que es la última vez que se lo aguanto. Pero entonces abre la boca y algo ocurre a nivel molecular en mis proteinas... Es como un flautista de Hamelin que me encanta y me hace volver a seguir sus pasos una y otra vez.

Me encantaría cortar de una vez ese peculiar cordón umbilical que nos une... Aunque creo que si lo hiciera no sería yo la que más perdería. O eso es lo que quiero creer.
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viernes, 7 de octubre de 2011

Keep moving

Ayer recordé que tenía un blog en el que escribir las cosas que me pasaban. Miré por curiosidad cuándo había escrito mi última entrada y descubrí con horror que en todo el 2011 sólo había escrito un post: As time goes by y era para decir que un día de estos escribiría algo…


Esto de escribir lo que te pasa, o lo que piensas, o lo que te cruza por la cabeza, tiene una componente de exhibicionismo no desdeñable, a la que en este momento no me adhiero. En estos últimos meses han pasado muchas cosas, como viene siendo habitual por otra parte, pero no me apetece nada escribir sobre ellas.

Sigo en ese proceso de decidir si soy capullo-crisálida-cucharacha-mariposa o gilipollas sin paliativos. Y ese es un camino que una mujer debe recorrer a solas. Se me está haciendo largo y tortuoso, pero ya me advirtieron que no sería fácil.

Volveré cuándo tenga algo que contar. De momento voy a seguir poniendo un pie delante de otro y a intentar que sea en línea recta. Y hacia adelante, claro…
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viernes, 17 de junio de 2011

As time goes by

Hoy he recordado que tenía un blog. Ha sido una de esas carambolas curiosas: de un blog que sigo he ido a una entrada de un blog que desconocía y no he podido resistir la tentación de opinar. Y entonces me ha pedido que firmara el comentario y he recordado que tenía un blog en alguna parte...

Y aquí estoy. Imposible escribir en pocas líneas la vorágine demencial en que se ha convertido este curso escolar, que es más o menos el tiempo que llevo callada. Y cómo buenas noticias ha habido más bien poquitas, y las malas han sido muy chungas, creo que voy a obviar estos meses y dejar que se queden en mi recuerdo. Ya sabemos todos que la memoria es selectiva; quizá dentro de quince años recuerde esta época "obviada" como una etapa idílica...

Ahora me voy que tengo mucho trabajo. Poco interesante, eso sí, pero con una excelente gratificación a final de mes (totalmente insuficiente para lo que yo me merezco, coño, que yo valgo mucho).

Y dado que acabo de recordar de la existencia de este blog, lo mismo me animo en breve y me da por escribir más cosas...
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jueves, 23 de septiembre de 2010

La niña que soñé

Parece ser que la tarjeta de acceso a mi centro de trabajo está muy deteriorada. Ciertamente, apenas se me vé la cara, así que tuve que solicitar un duplicado. En él se pedía una foto, de forma que empecé a rebuscar entre las fotos en formato electrónico que tenía a mano una que fuera adecuada.
Y entonces me topé con una imagen que hacía años que no veía: es del primer día de colegio de mi hija Sara. Todos los primeros días de colegio de los niños cuándo iban a preescolar, me cogía fiesta y los llevaba yo al cole. La tradición marcaba, además, que hubiera foto oficial de la salida hacia la escuela. Y allí estoy yo, con mi niña de casi un año en el cochecito sentada y mis otros dos hijos, de casi tres y casi cinco años a ambos lados.
Creo que aquel fue el último día perfecto. Que todas las sospechas que bullían en mi interior respecto a Sara empezaron a tomar cuerpo cuándo fuí a recogerla por la tarde y me explicaron como había ido el día. Cuándo ví a los otros niños de su edad a su lado, y parecía que tuvieran el doble de edad...
Mirar esa foto, tan a contrapelo, sin estar preparada, hizo que volviera de nuevo todo el dolor que vino después, las sospechas y dudas, la confirmación de la terrible enfermedad que padece, el ingreso en el hospital, la búsqueda de un tratamiento... de esperanza.

Pero todo eso no fue lo peor que me trajo aquella foto.

Lo peor fue darme cuenta que sigo llorando a la niña que soñé y que murió cuándo nació mi hija.
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martes, 7 de septiembre de 2010

De vuelta

Se acabaron las vacaciones. Este año han dido especialmente difíciles. Jodidas, me atrevería a decir. Pero como suele ocurrir, incluso entre el estiércol puedes encontrar alguna flor.
Lo bueno de tocar fondo es que te permite tener un punto de apoyo para tomar impulso hacia arriba. He vuelto de las vacaciones con un listado enorme de tareas; ahora sólo falta ir poniendo el "hecho" correspondiente en cada una de ellas. Creo que finalmente he sido consciente de que no se puede jugar al mus con una baraja francesa. Puede parecer lo mismo, pero no lo es. Para nada.
Ahora toca ponerse las pilas y aprender a jugar a póker. Para eso sí que tengo cartas. Y esta vez, además, algo ha debido pasar algo extraño a nivel molecular porque noto en cada una de mis células la sensación de cambio, de final de etapa. Este año ha sido el Tourmalet, y me ha dejado exhausta en todos los sentidos.
Esperemos que ese cambio se materialice y me permita conseguir el maillot amarillo. Aunque sea un color que me favorezca bien poco.
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SUS...PIRO

Tanto aire exhalado sin sentido... intentaré hacer algo productivo con él y convertirlo en palabras.